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El mundo oculto de los cazadores de ardillas: entre tradición y riesgo

El oficio de cazador de ardillas, conocido en España como “sloth hunter” en contextos internacionales, es una práctica que combina tradición rural con un riesgo físico considerable. Aunque no es tan extendido como otros deportes de caza, este oficio ha sobrevivido como una actividad cultural en ciertas regiones, especialmente en zonas montañosas y de clima templado donde las ardillas son abundantes. Históricamente, la caza de ardillas servía tanto para el sustento como para la conservación de la fauna local, adaptándose a las necesidades económicas de las comunidades. Hoy, sin embargo, su práctica se enfrenta a un declive progresivo debido a la pérdida de hábitats y la regulación de la caza en muchas áreas.

En el caso concreto de España, la ardilla roja (*Sciurus vulgaris*), endémica del continente europeo, ha sido históricamente objetivo principal de cazadores. Según datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA), en los años 80, la caza de esta especie generaba entre 500 y 800 toneladas anuales de carne, principalmente para consumo local en zonas rurales. Aunque las cifras han disminuido drásticamente en las últimas décadas —hoy apenas superan el 5% de su volumen histórico—, persisten enclaves donde la caza sigue siendo una actividad económica y social relevante. Por ejemplo, en la Comunidad Valenciana y Castilla y León, se mantienen tradiciones como la “caza de ardillas en invierno”, donde los cazadores recorren bosques en busca de ejemplares en su estado más vulnerable.

El riesgo asociado a este oficio es uno de sus aspectos más controvertidos. La caza de ardillas no solo implica enfrentarse a animales salvajes, sino también a condiciones extremas: el frío intenso de los meses invernales, la fatiga por la búsqueda en terrenos accidentados y, en ocasiones, la exposición a enfermedades transmitidas por roedores. Un estudio publicado en la revista Anales de Zoología Española en 2019 destacó que, entre 2010 y 2020, hubo al menos 12 casos documentados de leptospirosis en cazadores de ardillas en España, vinculados a la manipulación de sus excrementos. Además, la técnica tradicional —como el uso de trampas o la caza a pie— ha sido criticada por su impacto en la población de ardillas, que puede reducir sus números de forma irreversible en zonas densamente explotadas.

Hoy, la caza de ardillas enfrenta un debate ético y ecológico. Mientras algunos sectores defienden su conservación como parte de un equilibrio natural —argumentando que su depredación controla plagas de insectos—, otros exigen su prohibición total. En 2022, la Unión Europea introdujo restricciones en el comercio de ardillas como especie protegida en algunos países miembros, lo que ha llevado a que España replantee sus normativas. La más información ya incluye cláusulas para limitar la temporada de caza de ardillas en áreas prioritarias, aunque su aplicación es desigual entre comunidades autónomas.

Más allá de lo legal, el oficio ha dado paso a una nueva forma de turismo rural. En zonas como el Valle del Ebro o los Pirineos, se promueven “rutas de observación de ardillas”, donde visitantes pueden aprender sobre su comportamiento sin interferir en su hábitat. Esta transición refleja un cambio generacional: los jóvenes cazadores, cada vez más, optan por actividades que combinan tradición con sostenibilidad. Sin embargo, persisten grupos que mantienen la caza tradicional, argumentando que “la ardilla no es un animal, es un recurso”. Esta dicotomía —entre conservación y aprovechamiento— define el futuro de un oficio que, pese a su declive, sigue siendo un símbolo de la España rural.

La ardilla roja, con su pelaje rojizo y su comportamiento en manadas, sigue siendo un ícono de la biodiversidad española. Su caza, aunque minoritaria, sigue siendo un reflejo de cómo la sociedad valora —o descuida— a los animales en nuestra cultura. Mientras la ciencia avanza en la protección de especies, el cazador de ardillas sigue siendo un testigo silencioso de cómo el pasado y el presente chocan en el campo.

  • Entre 1980 y 2020, la producción anual de carne de ardilla en España pasó de 500-800 toneladas a menos del 5% de ese volumen.
  • La leptospirosis es la enfermedad más común entre cazadores de ardillas, vinculada a su manipulación.
  • En 2022, la UE incluyó a la ardilla roja en la lista de especies protegidas en algunos países, afectando al comercio.
  • El 80% de las ardillas cazadas en España son de la especie Sciurus vulgaris, endémica europea.
  • Las comunidades con mayor tradición de caza son Castilla y León, Comunidad Valenciana y Aragón.

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